Un Papa de características totalmente distintas Imprimir E-Mail

Filipinas
Era el domingo 15 de enero de 1995. El arzobispo de Manila pidió que no se celebraran misas en las iglesias de la ciudad y que todos los fieles se concentraran en la misa del Papa. Cinco millones de personas abarrotaron el lugar. La mayor concentración humana de este siglo.

El Papa venía con el séquito que lo acompaña habitualmente en un autobús destinado para la ocasión. No pudo llegar por este medio. Las autoridades filipinas dispusieron un helicóptero para que pudiera hacerlo por detrás del altar. Al fin, después de dos horas y media de retraso, comenzó la eucaristía.

Juan Pablo II irrumpe en la escena eclesial como un Papa de características totalmente distintas a los anteriores. A Juan Pablo I se le recuerda por su espontaneidad y por esa gran sonrisa que lo decía todo. Paulo VI es conocido por su talante intelectual y por cargar pacientemente los sufrimientos de una Iglesia que entraba con demasiada rapidez a la modernidad. Juan XXIII, el Papa bueno, el pontífice más visitado en las capillas de San Pedro del Vaticano es, sin duda, el más afable de la última mitad del siglo XX.

El huracán Wojtyla

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Con esta imagen lo define la gran vaticanista Paloma Gómez Borrero. Y no es para menos.
Juan Pablo II ha sido el primer Papa en visitar una sinagoga (Roma, abril de 1986); una mezquita (Gran Mezquita Omeya de Damasco, mayo 2001); ha dado conferencias de prensa en los aviones y en la oficina de prensa de la Santa Sede (24 enero 1994); ha publicado libros de prosa y poesía; ha añadido cinco nuevos misterios al rosario (octubre 2002); ha celebrado misa en un hangar (Roma, diciembre 1992); ha convocado una jornada de perdón (Año Jubilar 2000); ha reunido a los representantes de grandes religiones para orar por la paz en dos ocasiones (Asís, 1986 y 1993).Ha sido proclamado hombre del año por la revista Time y sus récords en viajes, discursos, nombramientos, encíclicas, beatificaciones, canonizaciones y encuentros lo convierten en un personaje digno de ser recordado, tanto dentro como fuera de la Iglesia católica.

Cambiar el mundo con el diálogo

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El Cardenal Karol Wojtyla llegó a la sede de Pedro con una misión en la mente: derribar el bloque del Este y rescatar a la Iglesia del silencio; lograr que esa gran parte de la humanidad, recluida y agazapada, recupere sus raíces y retorne a la libertad.

Se trata de un Papa más filósofo que teólogo. Su proyecto apostólico no deja de lado los asuntos teológicos, pero afronta como realidad prioritaria los temas que se refieren a la dignidad del ser humano: el don de la vida, la fuerza de la libertad, la importancia de la conciencia, temas que aprendió en la fenomenología de Husserl y en sus muchos estudios de antropología. Por si fuera poco, su entorno social polaco le ayuda a reforzar la necesidad de que el ser humano se reencuentre consigo mismo.

Paulo VI había confiado en el diálogo, Juan Pablo II en las acciones. Era y es capaz de pasar de las grandes reflexiones a las grandes decisiones. No en balde su tesis doctoral en filosofía se titula Persona y acción. Su entrada al Vaticano significa para él la realización de una misión. Es Moisés llevando a su pueblo hacia la libertad, hacia la tierra de promisión.

Este deseo inicia su realización durante el primer viaje a Polonia, país de la órbita soviética en el que el comunismo se encontraba deteriorado. La voz potente del Papa polaco levantó los ánimos, que fueron capitalizados por el sindicato Solidaridad, que llama, en la primavera de 1979, a una huelga nacional.

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El general Jaruselzki, presionado por Moscú, lleva a cabo una pequeña represión que tiene visos de convertirse en ley marcial. La situación es vista con lupa en el mundo entero y Juan Pablo II comienza a reflexionar. No puede ser Moisés, con la vara de mando, sino Aarón, con la capacidad para el diálogo.

Es quizá en ese momento clave de la historia espiritual de Europa donde Wojtyla comienza su gran aprendizaje papal. Hombre avezado en el estudio de la realidad humana, vuelve sus ojos a nuevas opciones para ofrecer al mundo renovadas esperanzas. No decae en sus líneas básicas de pensamiento y acción pero las lleva a cabo con la inteligencia de un estadista moderno.

Esa capacidad de diálogo le llevará a reunir a los dirigentes de todas las religiones para orar juntos por la paz. La admiración de unos y el escándalo de otros no tardaron en manifestarse.

Llegar a la realidad

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El 26 de enero de 1979 la imagen blanca de Juan Pablo II se inclinaba para besar suelo mexicano por primera vez.

La gira mexicana se convertiría en el paradigma de los siguientes viajes papales. En México, momento histórico de su gran itinerario apostólico, se encuentra con las grandes multitudes. De repente, un Papa eslavo, venido del frío del Este, profesor universitario, arzobispo combativo en Cracovia, se ve capaz de reunir a millones de personas que llenan las calles con la ilusión de recibir un mensaje espiritual. Juan Pablo II conoce América Latina por su dominio del español y su cercanía con grandes personajes de la historia civil y espiritual de Hispanoamérica. Pero nunca habría imaginado lo que ahora veían sus ojos.

Su liderazgo espiritual y misionero se hace realidad en México. Aprende a ser Papa en esta tierra. A desarrollar todas sus cualidades humanas y espirituales para ponerlas al servicio de la difusión de un gran mensaje para las masas. Es un Papa poeta, actor, filósofo, profundamente mariano, y todo ello le permite entablar con el pueblo de México una relación especial.

A partir de su visita a México Juan Pablo II fue el primer pontífice viajero de la historia. Fué el Papa del avión, el papamóvil, los estadios, los hospitales, las grandes plazas, los parlamentos, los foros intelectuales. No será un  Santo Padre chapado a la romana, sino uno moderno, abierto, dialogante. Será capaz de bromear, reír, cantar, jugar con el lenguaje, inculturarse.

Joven entre los jóvenes

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El Padre Lolek (Carlitos), como lo llamaban los jóvenes que lo conocieron en Cracovia y que lo acompañaban a esquiar o a remar en canoa, siempre fue consciente de que la fuerza de la Iglesia debería venir de los jóvenes. En México y Polonia había logrado palparlo con cercanía.

El 22 de abril de 1984 se encuentra con los jóvenes en Roma y tiene una emotiva ceremonia en la que les entrega una gran cruz durante la clausura del jubileo con motivo del Año Santo de la Redención. A partir de aquí comenzará una larga historia de jornadas mundiales de la juventud en las que reúne a lo que él define como el corazón de la Iglesia.

En 1985 se vuelve a encontrar con los jóvenes, en la conmemoración del Año Internacional de la Juventud, y el 23 de marzo de 1986 se instaura la I Jornada Mundial de la Juventud proclamada por Juan Pablo II. Posteriormente, él mismo propone que una de las jornadas se efectúe en Roma y la otra fuera de la ciudad eterna. Éstas se celebran en Buenos Aires (1987), Santiago de Compostela (1989) y varias mas y ya están planeadas hasta 2005, a realizarse en Colonia, Alemania.

Asís: un abrazo por la paz

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El cuerpo cardenalicio y la curia romana se preguntaban qué más novedades podría proponer. Nunca se imaginaron el siguiente paso, que tendría lugar en 1986.
El Papa polaco, el del dogma, del magisterio y la tradición invita a los líderes de las religiones más importantes del planeta a orar juntos por la paz. El marco no podía ser más significativo: Asís, el pueblo natal del gran embajador de la paz: Francisco de Asís.

Los arcos y los mosaicos catequéticos de la basílica de Asís veían atónitos, por primera vez en su historia, la realización de uno de los deseos de San Francisco: ver al mundo entero rezar por la unidad, la paz, los demás seres humanos, sin diferencias de religión. La gran explanada de la basílica reunía a un pintoresco grupo que conjuntaba la pipa de la paz apache con la solemnidad de los ortodoxos.¿Adónde quería llegar el Papa? ¿Qué lección había aprendido hasta este momento?

El gran aprendizaje, que le ha servido de leitmotiv en sus últimas alocuciones: la paz es el único camino posible para el bien del mundo. Ante la paz no hay distinciones de raza o religión.Este encuentro ecuménico no niega la fortaleza de las raíces cristianas del Santo Padre; más aún, las vitaliza. No invalida el concepto de las misiones: llevar la verdad católica a quien no la conoce, sino que la especifica. Juan Pablo II es el Papa de la inclusión y de la integración y no de las diferencias.

El Papa del Atentado: 13 de mayo de 1981

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La costumbre del vehículo papal descubierto se había convertido en hábito. La guardia suiza y la del Vaticano tenían doble trabajo. Los servicios de información franceses habían mencionado un posible atentado gestado desde los países del Este. Juan Pablo II oía pero no escuchaba; su guardia tenía que hacer, sin duda, el proceso inverso.Fieles, niños, religiosas, sacerdotes se congregaban para la tradicional audiencia cuando los disparos ensombrecieron la alegría.

Era el 13 de Mayo de 1981, Nadie podía creerlo. Parecía que la gran fuerza del huracán Wojtyla podía declinar. El Papa habia sido herido de bala por el turco Ali Agca en un intento de asesinato.De las informaciones confusas se pasó a la imagen del Papa postrado en su cama del hospital Agostino Gemelli.El atleta de Dios, de las muchedumbres, de los jóvenes, de la paz, habia sido herido.Es entonces cuando comienza sus grandes reflexiones sobre el dolor humano, el sufrimiento, la guerra. No habla como filósofo sino como hombre, con la experiencia de las heridas abiertas en su abdomen y en su mano. Sin embargo, el atentado inicia una larga lista de padecimientos que sobrelleva, digámoslo claramente, con toda elegancia.Una nueva historia se escribe con renglones torcidos pero extraordinariamente aleccionadores. Juan Pablo II habla del perdón.

De sufrir con dignidad, de no herir a la humanidad. En su afán por cerrar un nuevo ciclo en su vida, Juan Pablo II visita a su agresor, Mehmet Alí Agca, el joven turco de 23 años perteneciente al grupo terrorista turco Los lobos grises, para hablar con él y ofrecerle su perdón un año despues.El mundo especulaba sobre el atentado. Se sucedieron libros, entrevistas, juicios, pero Juan Pablo II ya había dado vuelta a la página. No necesitaría acudir a las páginas de los místicos españoles para entender el sufrimiento. Él lo conocía y lo entendía. A los 61 años empezaba para él la gran escuela de la trascendencia del sufrimiento.

Unidad de católicos y cristianos

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Es difícil encontrar huecos en la acción de Juan Pablo II. Si los hay, la historia reconocerá que no pueden achacarse a falta de visión o de decisión.
Quizá uno de los aspectos por los que más ha luchado Wojtyla es por la unidad de los cristianos. A capa y espada ha trabajado por acercarse a los lefevrianos, ortodoxos, anglicanos. Ha recurrido a todos los medios posibles, como a la unión de familias religiosas separadas (agustinos y agustinos recoletos, por ejemplo) para dar testimonios de unión al mundo.Los avances han sido muchos, pero las conclusiones todavía se harán esperar. Después de tantos años de lucha no se ha llegado a las anheladas decisiones; incluso, podemos considerar que parte de la Iglesia anglicana está cada día más separada de la católica: los ortodoxos prosiguen en un silencio muy propio de la cultura oriental y los lefevrianos han seguido su camino.El Papa que reúne multitudes y congrega a las religiones tiene que enfrentarse humildemente con la división del gran pueblo de Dios.

Un hombre que ha dejado huella

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La historia de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX ha sido testigo de un dinamismo nuevo originado por dos grandes eventos: el concilio Vaticano II y el ascenso de Karol Wojtyla a la silla de Pedro.
La estatura humana y moral de Juan Pablo II ha derribado muros e ideologías y ha abierto nuevos canales de diálogo con el mundo moderno.Este gran hombre ha dejado una huella imborrable en la humanidad. Su vehemencia profética y su sentido del humor han logrado que intelectuales, políticos, líderes sociales y religiosos le tengan verdadero respeto y casi veneración.Mientras tanto, Juan Pablo II ha sido el gran discípulo, capaz de aprender de sus propias limitaciones.Seguramente pasará a la historia por muchos aciertos, de los que, sin duda, el más grande es la humildad que ha demostrado en su pontificado. Juan Pablo II nunca dejó de aprender a ser Papa.
 

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