JOSEPH RATZINGER Benedicto XVI
Este alemán de 78 años cumplidos el pasado día 16, es el nuevo Papa, que ha elegido el nombre de Benedicto XVI. En esta entrevista, concedida a El Semanal en 2001, habla de Dios, del diablo y de los dilemas que acechan al hombre contemporáneo.
Es un hombre extrovertido, inteligente y distendido. El cardenal Ratzinger, una de las figuras más influyentes de la alta jerarquía católica, se presta con naturalidad a nuestras preguntas.
Eminencia, ¿teme usted a Dios?
Joseph Ratzinger Yo no lo denominaría miedo, puesto que Cristo ya nos reveló cómo es Dios y nos mostró que nos quiere. Sabe que somos carne, que somos polvo y nos acepta como somos, con nuestras debilidades. Pero a menudo siento una profunda inquietud porque pienso que no estoy respondiendo a la idea que Dios tiene de mí.
E. S. ¿Dios es siempre serio, o también muestra sentido del humor?
J.R. Pienso que tiene un agudo sentido del humor. A veces hasta puede llegar a darnos un pequeño empujón para advertirnos: «¡No os toméis tan en serio!» El sentido del humor es una parte esencial del gozo de la Creación.
E. S. ¿Cómo podemos imaginarnos a Dios?
J.R. Dios presenta las cualidades esenciales que caracterizan a una persona, a saber: consciencia, comprensión y amor. Por tanto, es alguien que puede hablar y escuchar. Considero que es aquí donde radica la esencia de Dios.
E. S. ¿Hay quienes discuten acerca de si Dios es hombre o mujer?
J.R. Dios es Dios. No es ni hombre ni mujer, está por encima de esa distinción. Es el Totalmente Otro. Y tanto el hombre como la mujer son seres creados a su imagen y semejanza.
E. S. En la escuela se nos enseñaba que los ángeles eran puros ¿Todavía es válida esta creencia?
J.R. Sí, sigue siendo auténtica. La Biblia lo afirma y los seres humanos compartimos la creencia ancestral de que no somos las únicas criaturas espirituales. Dios ha colmado al mundo de otros seres espirituales que sentimos muy cercanos, fiel reflejo de su plenitud, de su grandeza y bondad.
E. S. ¿Dispone cada persona de un ángel de la guarda particular?
J.R. No tenemos la misma certeza sobre esta afirmación que, por ejemplo, sobre la existencia de Cristo o de la Virgen María. Sin embargo, una de las convicciones más profundas que nos transmite la enseñanza cristiana es creer que Dios ha brindado un compañero de camino, que se asigna de manera especial.
E. S. ¿Qué es lo que sucede con aquellos a los que denominamos «malos»?
J.R. Me atrevería a decir que nadie puede demostrar la existencia del diablo. No obstante, sí somos conscientes de que más allá de la maldad humana, hay perturbaciones y alteraciones en la Creación, una especie de poder de la envidia que nos arrastra y pretende abatirnos. Sin embargo, nunca debemos forjarnos una imagen del diablo como un Anticristo que podría enfrentarse con Dios y desafiarlo a un duelo. A fin de cuentas, la negación carece de todo poder. La maldad es, desde luego, una constante amenaza y tentación, pero no es un adversario de Dios que se halle a su nivel.
E. S. Según Sartre, el diablo es Hitler.
J.R. No es posible asegurar que Hitler fuera el diablo; era un ser humano. No obstante, sí hay testigos que han aportado testimonios fehacientes para suponer que Hitler tuvo de hecho una especie de encuentros demoniacos y que comentaba tembloroso: «Ha vuelto a estar aquí», etc. No podemos investigar a fondo este tema. Sin embargo, considero que la manera en que Hitler detentaba el poder, la magnitud del terror y la desgracia que ocasionó ese poder sí pueden demostrar que Hitler se hallaba inmerso en un entorno diabólico. E. S. ¿Le parece que siguen siendo actuales los diez mandamientos?
J.R. Como raras veces en la historia, hoy en día vemos con claridad cómo el ser humano se destruye a sí mismo, vive para satisfacer sus deseos materiales y se pierde por ese camino. Nos damos cuenta del poder que ejerce en el hombre el afán de posesión. Cuanto más tienen, más y más se esclavizan, porque tanto más tendrán que esforzarse en mantener y aumentar cada día esa preciada posesión.
E. S. Hablando de posesión, ¿Por qué adquiere el matrimonio un significado tan especial en la fe católica?
J.R. Es una forma que tiene el ser humano de abrir su corazón a otro. Lo que en un principio es una mera legitimidad biológica, un ardid de la naturaleza, adquiere una forma humana que engendra la fidelidad y el compromiso amoroso entre un hombre y una mujer, posibilitando, a su vez, la existencia de la familia. Aquí radica la esencia gozosa del sexto mandamiento. Cuanto más profundamente se viva y se medite sobre ella, más patente resultará que otras formas de la sexualidad no alcanzan el auténtico nivel de la vocación humana. No se corresponden con lo que la sexualidad humanizada debería ser.
E. S. ¿Acaso no son el hombre y la mujer dos seres esencialmente distintos?
J.R. Considero que tenemos que rechazar tanto las teorías falsas de igualdad como las teorías engañosas de distinción. Es erróneo medir al hombre y a la mujer por el mismo rasero y pretender que las pequeñas diferencias biológicas no significan absolutamente nada. Estamos aquí ante una tendencia dominante en la actualidad. Sin embargo, personalmente me sigue pareciendo espantoso que se quiera convertir a las mujeres en soldados como los hombres, cuando en verdad ellas eran las salvaguardas de la paz y representaban la fuerza antagónica al afán pendenciero de los hombres. Ahora podemos ver a las mujeres cargando incluso con ametralladoras y mostrando que pueden ser tan belicosas como los hombres. De igual forma me espanta que las mujeres esgriman el «derecho» de recoger las basuras o de ir a las minas; justo aquellas cargas que no se les quería imponer por respeto a su singular valor, y que se le imponen ahora en nombre de la igualdad. En mi opinión se trata de una ideología insana y maniquea. E. S. ¿Puede decirse que la oposición es una de las funciones de la Iglesia?
J.R. A la Iglesia se le ha encomendado la esencial función de ofrecer oposición frente a las modas, el poder de lo fáctico, la dictadura de las ideologías. En el siglo que culmina, la Iglesia tuvo precisamente que oponer resistencia a las grandes dictaduras. Y hoy lamentamos que no se haya opuesto con la fuerza y en la medida suficientes. Pero gracias a Dios, cuando el ministerio se debilita por consideraciones de tipo diplomático, hay mártires que oponen esa resistencia, pagándolo con su propio cuerpo y con su vida.
E. S. Cada vez son menos las personas que conocen los secretos de la fe. ¿Cómo ha podido suceder esto?
J.R. Es posible que algo se haya mecanizado demasiado en nuestra fe. Tal vez hubo un exceso de enajenamiento y, en cambio, una vivencia interna insuficiente. Cada generación debe vivir y encontrar su fe nuevamente. Por otra parte, también apreciamos cómo una generación que ya no reconoce la fe cristiana y su fuerza salvadora, comienza a buscar otros caminos y se adentra por sendas esotéricas, en las que pretende encontrar un remedio para todo sirviéndose de piedras y artilugios semejantes. Es decir, surgen otras formas de invocar a fuerzas invisibles porque el ser humano se da cuenta de que podría y debería tener otros ayudantes. Ante estas circunstancias, los católicos -y sobre todo los que ostentan un cargo de responsabilidad dentro de la Iglesia- debemos preguntarnos por qué no podemos anunciar la fe de modo que responda a los interrogantes de la actualidad.
E. S. ¿Ya no se escucha a la Iglesia?
J.R. No cabe duda de que nos hallamos en un momento histórico en el que la tentación de lograr nuestros objetivos sin Dios es mucho más imperiosa. Nuestra cultura de la técnica y del bienestar está fundamentada en el firme convencimiento de que, en el fondo, todo es factible. Ante tales circunstancias, se tiende a abandonar la cuestión de Dios.
E. S. Hoy hay muchos ejemplos de una ética de la que Dios está excluido.
J.R. La palabra de la Iglesia proviene del pasado, y es cierto que la Iglesia todavía no ha logrado dar el salto definitivo desde ese pasado al presente. Hoy en día nos hallamos ante el reto de volver a dotar de experiencia vital a esos antiguos valores, genuinamente válidos, para que así puedan ser aceptables. Aquí nos queda, sin duda, un largo camino por recorrer aún.
E. S. Ud. declaró en una ocasión que la Iglesia del futuro será más reducida y tendrá que empezar desde el comienzo. ¿Sigue pensándolo?
J.R. En una ciudad como Magdeburg apenas el ocho por ciento son cristianos, porcentaje que incluye a los diferentes tipos de cristianos. Estos datos estadísticos muestran tendencias que no podemos negar. En este sentido, la coincidencia entre el pueblo y la Iglesia se reducirá en ciertos ámbitos culturales. Son tendencias a las que no debemos oponernos. J.R. En la Iglesia católica no han faltado hazañas humanas mposibles. El hecho de que a pesar de todo continúe en pie, aunque con grandes esfuerzos, el simple hecho de que todavía exista y siga produciendo grandes mártires y grandes creyentes, hombres y mujeres que ponen sus vidas a disposición de la Iglesia, como misioneros y misioneras, como enfermeras o educadoras, es la mejor prueba de que hay alguien detrás que la sustenta. Por ello, nosotros no podemos atribuirnos los éxitos de la Iglesia como méritos propios.
E. S. ¿Cuál es la misión de la Iglesia?
J.R. Divulgar toda la grandeza de la palabra y la voluntad de Dios, aunque en ocasiones tenga que hacerlo enfrentándose a sí misma y a sus propios profetas. Juan Bautista Metz señaló en cierta ocasión que hoy rige la fórmula: Dios no, religión sí. Los seres humanos quieren tener alguna religión, esotérica o de cualquier otro tipo, pero no un Dios personal que me hable, que me conozca; que me exija y pretenda juzgarme. Un Dios así no les gusta. Los hombres no quieren renunciar por completo a la vivencia de lo inescrutable que late en el hecho religioso, sino experimentarla en muchas formas distintas. Pero este afán pierde su carácter de compromiso si no existe una voluntad divina. En este sentido no cabe hablar tanto de una crisis de la religión, porque las religiones proliferan por todas partes, como de una crisis de Dios.
E. S. ¿Siguen siendo los judíos el pueblo elegido de Dios?
J.R. Esta es una cuestión muy controvertida últimamente. Es evidente que el pueblo judío mantiene con Dios una relación muy particular, y que Dios le ayuda de un modo u otro. Seguimos esperando el momento en que también Israel diga sí a Jesucristo. También sabemos que a lo largo de la historia, ese quedarse a las puertas encierra un mensaje de trascendencia capital para el mundo.
E. S. En la era de la ingeniería genética, ¿tomarán los seres humanos el relevo como artífices de la Creación?
J.R. Los genes y todos los avances relacionados con ellos plantean, sin duda, un problema importante. De un lado se trata de una oportunidad. En la medida en que ello se haga con fines terapéuticos, respetando el misterio de la Creación, estará bien. Pero si el hombre se deja arrastrar por la frivolidad en el manejo del código genético y empieza a verse como señor de la vida y la muerte, capaz de manipularlas a su antojo, ocurrirá aquello contra lo que el hombre debe ser precisamente prevenido: traspasar el último límite. Con esta manipulación, el hombre, en lugar de nacer del misterio del amor y de pasar por el proceso no menos misterioso de la concepción y el nacimiento, será una criatura elaborada industrialmente. No sabemos lo que ocurrirá en el futuro en este ámbito, pero sí estamos convencidos de que Dios no permitirá un último desafuero en este tema, ni la frívola autodestrucción del hombre. Hay límites que el ser humano no puede traspasar sin convertirse en destructor de la Creación, yendo incluso más allá del pecado original y sus consecuencias.
E. S. ¿Ha donado usted sus órganos?
J.R. Sí, aunque a mis años, no creo que sean de mucha utilidad.
E. S. ¿Tiene usted miedo a la muerte?
J.R. Soy consciente de mis defectos y por eso tengo siempre muy presente la idea del juicio. Pero lo cierto es que confío también en que la magnanimidad de Dios será mayor que mis fracasos.
Peter Seewald |