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Un hombre de Dios |
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escrito por Catolico Digital
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sábado, 18 de marzo de 2006 |
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Karol Wojtyla, el futuro papa Juan Pablo II, se consideraba a sí mismo predestinado, su destino expuesto desde su niñez en Polonia, devastada por la guerra.
"Se me perdonó pasar por gran parte del 'theatrum' generalizado y horrendo de esos años", escribió, "porque todo señalaba a mi llamado".
El "theatrum" incluía la muerte de su madre cuando el pequeño Karol tenía sólo nueve años, y después las de su hermano y su padre. Polonia cayó a manos de los alemanes en 1939, y los horrores de la guerra fueron reemplazados por las barbaridades de la ocupación nazi.
A los sólo 20 años, a Wojtyla, con inclinaciones atléticas, se le puso a picar piedra en una cueva en Zakrzowek y después a trabajar en una fábrica de bicarbonato, cada día llevando a cuestas el riesgo de que alguna infracción pudiera provocar que se lo llevaran, conduciéndolo a la muerte.
Quizá sea entendible que el joven Wojtyla buscara refugio de este mundo pesadillesco en el teatro. Se volvió actor y participó en obras de teatro polacas escenificadas clandestinamente en un sótano de Cracovia.
No obstante, todo lo que valía la pena tener era clandestino en esos días, incluidas no sólo las obras de teatro en las que actuaba y la poesía que escribía, sino también sus clases de filosofía en la Universidad Jagellonica.
EL PRIMER MILAGRO
Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los actores, Wojtyla se vio atraído cada vez más por los asuntos espirituales. Aun cuando era popular entre las mujeres, decía que nunca se había enamorado. Ya estaba estudiando para el sacerdocio en un seminario que se impartía secretamente en la casa del arzobispo de Cracovia.
Su creencia en su llamado religioso se fortaleció con lo que creyó fue el primero de muchos milagros en su vida: una noche de 1944, cuando retornaba de su trabajo en la fábrica de bicarbonto, fue atropellado por un camión alemán.
Wojtyla cayó en una zanja como si fuera un cadáver, para despertar después en un hospital. La Divina Providencia y la mano maternal de María lo salvaron, sintió, ya que años después creyó que fue la Virgen quien lo había salvado cuando un aspirante a asesino le disparó el 13 de mayo de 1981. Le extrajeron la bala y después la llevó al santuario de Fátima, en Portugal, y la colocó en la corona de la Virgen.
EL PAPA PREDESTINADO
Wojtyla tenía una alma polaca fuerte. Su poeta favorito, Cyprian Norwid, fue un bardo de la resurrección, el renacimiento, la regeneración, la ascensión y el sufrimiento que conducen a una nueva vida. Una versión católica ortodoxa del mesianismo polaco del siglo xix inspiró por siempre a Wojtyla, cuando era un joven, un sacerdote, un obispo y Papa.
El poeta del siglo xix Juliusz Slowacki escribió en términos míticos sobre "el Papa esloveno que llega" anunciado por la "inmensa campana que Dios hizo sonar", un Papa que "no teme a las espadas". En su primer viaje a Polonia como Papa, Juan Pablo II revivió y volvió a difundir esta visión aplicándola a sí mismo. El Papa eslavo, el predestinado, había llegado. Su misión tenía que ser grandiosa y audaz.
"íNo teman!", había gritado desde el principio en el atrio de San Pedro. Desde su punto de vista, el sufrimiento de su país, todavía bajo el yugo soviético, presagiaba la resurrección de Polonia y del mundo.
PRIMERA PEREGRINACIÓN
Tras haber sido elegido Papa, la primera peregrinación de Juan Pablo fue al santuario de Mentorella, una capillita poco conocida y alejada, en las montañas prenestinas en las afueras de Roma.
Sin embargo, tenía mucho significado para él: sus custodios, durante más de 150 años, habían sido sacerdotes polacos resurreccionistas, guardianes de ese mesianismo que ahora veía la realización de sus esperanzas. Una semana antes del cónclave, Wojtyla visitó ese mismo santuario y recorrió los últimos kilómetros a pie.
Uno de los objetivos por los cuales se conformó el movimiento resurreccionista fue el de hacer que las iglesias ortodoxas del este volvieran a estar bajo filiación de Roma. Este también fue uno de los objetivos más apasionados de Juan Pablo, aunque no vio su consecución durante su vida.
‘LAS MUJERES DE SU VIDA’
Su madre murió cuando sólo era un niño, pero hubo otras dos mujeres que fueron presencias influyentes en la vida del futuro Papa.
Una fue la doctora Wanda Poltawska, una psiquiátra y madre de cuatro hijos cuya amistad con Wojtyla duró más de medio siglo.
En 1962, cuando ella enfermó gravemente de cáncer, Wojtyla escribió desde Roma, donde participaba en el Concilio Vaticano II, al padre Pío —un monje de reconocida piedad que se decía llevaba las marcas del estigma— para pedirle su intercesión a nombre de ella. Se dice que después de leer la carta, el monje dijo: "Uno no puede decirle que no a él porque un día va a ser grande".
Ocho días después, Wojtyla volvió a escribirle al padre Pío para decirle que Poltawska se había curado instantáneamente para sorpresa de sus médicos. En 1983, fue Wojtyla quien, como Papa, inició el proceso de beatificación del monje que realizó ese milagro.
TERESA TYMIENECKA
La otra mujer en la vida de Wojtyla fue Anna Teresa Tymienecka, una aristócrata polaca con una fuerte pasión por la filosofía que había emigrado a Estados Unidos y se había casado con un profesor de la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts.
Ella y el futuro Papa se conocieron en 1972, gracias a un libro que Wojtyla escribió cuando en ese entonces era arzobispo de Cracovia, así como profesor de teología.
La versión polaca de Osoba i Czyn (Persona y acción) había generado poca excitación, pero Tymienecka estaba convencida de que, si era adaptado y traducido bien al inglés, sería exitoso en las universidades estadounidenses. Se ofreció a trabajar en una nueva versión, ofrecimiento que Wojtyla sorprendentemente aceptó con entusiasmo.
De ahí en adelante, ambos pasaban semanas continuas juntos, discutiendo y escribiendo en Cracovia, Roma Nápoles, Suiza y Estados Unidos. En Cracovia, solían caminar por horas en el bosque conversando de filosofía, siempre seguidos por el secretario de toda la vida de Wojtyla, Stanislaw Dziwisz.
También eran seguidos, claro está, por espías de la policía secreta polaca, que no podían entender por qué el arzobispo y la filósofa se llevaban tan bien.
Terminaron la nueva versión del libro en 1976 en la casa de campo de Tymienecka en Vermont, un lugar que le encantaba a Wojtyla, amante de la naturaleza. Celebraba misa todas las mañanas bajo un árbol del patio, y Dziwisz fungía de acólito. Nadaba en un lago cercano y caminaba largos trechos. Todos los lugares invitaban a escribir, incluso la cocina.
Cuando la versión en inglés del libro La persona que actúa fue publicada en 1977, Wojtyla escribió una nueva introducción en la que reconoce las contribuciones de Tymienecka.
Como lo había esperado Tymienecka, el libro fue muy leído en Estados Unidos, lo que le ganó al arzobispo de Cracovia una celebridad sin precedente en los círculos católicos estadounidenses; una fama que resultó ser vital para asegurar su elección como Papa en el cónclave de 1978.
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