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Los mensajes en Tierra Santa

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La palabra más empleada por el Santo Padre durante su viaje a Tierra Santa, del 8 al 15 de mayo, es Paz, y en los 30 discursos por él pronunciados el mensaje constante es el de la paz, una palabra y un mensaje que ha repetido una y otra vez sin cansarse, como si en ello hubiese consistido la misión de su viaje.
Ahora hemos visto que el objeto central del viaje apostólico ha sido el de llevar paz a una región de la que se dice que es Santa pero que lleva ya 60 años de ser centro de conflictos armados que arrojan más mal que bien, más maldiciones que bendiciones, más maldad que santidad. Es Tierra Santa para millones de cristianos, de judíos y de musulmanes, pero esa santidad de la tierra parece desearse sólo para los creyentes de cada una de las tres religiones reveladas por Dios en esa misma tierra. Tal vez por esto es que el Papa dijo, luego de la primera etapa de su viaje en Jordania, apenas ocando suelo de Israel, que “como muchos otros antes que yo, vengo a rezar en los lugares santos para rezar de una manera especial por la paz, paz aquí, en la Tierra Santa, y en todo el mundo”.

Benedicto XVI se ha hecho voz de muchos, de millones de seres humanos, y ha implorado paz entre israelíes y palestinos; entre judíos musulmanes y cristianos; entre las iglesias cristianas de diversas confesiones y ritos; en la sociedad y en la familia; entre Dios, el hombre y las creaturas; en los corazones; en Oriente Medio y en el mundo.

El Papa se refirió a la necesidad de reconocer intereses afines entre los creyentes de diferentes credos para alcanzar la paz entre ellos cuando dijo que “Judíos y cristianos están igualmente interesados en asegurar el respeto a la sacralidad de la vida humana, la centralidad de la familia, una válida educación de los jóvenes, la libertad religiosa y de conciencia para una libertad sana. Estos temas de diálogo representan sólo la fase inicial de lo que esperamos que sea un sólido y progresivo camino hacia una mejor comprensión recíproca”.

En Jerusalén oró ante el Muro de las Lamentaciones, celebró la Santa Misa entre los olivos del Valle de Josafát, a la sombra de los muros de la Ciudad Santa, y allí resaltó que “esta ciudad, si quiere vivir su vocación universal, tiene que ser un lugar que enseñe la universalidad, el respeto por los otros, el diálogo y la comprensión recíproca; un lugar donde el prejuicio, la ignorancia y el miedo que los alimenta, sean superados por la honestidad, por la integridad y por la búsqueda de la paz”.

En el campo de refugiados de Amán, al otro lado del muro construido por Israel para separa a los Territorios Palestinos, Su Santidad pidió “edificar una cultura de paz” en lugar de la edificación de muros de separaciones y de odios y suplicó “a todas las partes involucradas en este antiguo conflicto que aparten cualquier rencor y diferencia que todavía se interponga en el camino de la reconciliación, para llegar a todos igualmente con generosidad y compasión, sin discriminación. Una coexistencia justa y pacífica entre los pueblos de Oriente Medio sólo puede realizarse con un espíritu de cooperación y respeto mutuo, en el que los derechos y la dignidad de todos sean reconocidos y respetados”.

Hacia el final de su viaje, el Papa Ratzinger levantó la voz con energía a fin de poner nombre a los agentes que vulneran la paz y dijo: ¡Nunca más derramamientos de sangre! ¡Nunca más terrorismo! ¡Nunca más guerra!

Así terminaba el Papa su viaje a Tierra Santa, luego de pedir paz sin cansarse, luego de entregar un mensaje con la constante de la paz, en un momento crucial para la Tierra Santa, la Tierra de la Paz.