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Un hombre de raza chichimeca PDF Imprimir E-mail
San Juan Diego
Escrito por Dr. Roberto Robles Nieto   
09.12.2004

El chichimeca es audaz, como lo demuestran los hechos que, al paso del tiempo, hicieron de unas tribus nómadas un gran pueblo. Es inteligente y busca ser el mejor en todo. Por sus nobles ambiciones estas gentes alcanzaron un alto grado de cultura y civilización.

Habían vivido en su antigüedad formando grupos aislados, siempre en movimiento, procedentes del norte del país, que en sus desplazamientos llegaron hasta la ciudad de Tula, la capital, ya en decadencia, de un pueblo que fue poderoso y altamente civilizado: los toltecas. Se lanzaron contra ellos y los vencieron sin mayor esfuerzo, porque la debilidad de un pueblo donde más se manifiesta es en la incapacidad para defender la propia nación.

Al cabo de no mucho tiempo los vencedores fueron dominados por el atractivo de aquella cultura que tenían ante sus ojos, que fuera esplendorosa. A partir de ese encuentro se consideraron legítimos sucesores de los legendarios toltecas. Fue entonces cuando adoptaron el náhuatl como idioma propio.

Después de la derrota de los toltecas, sus dominios de antaño comenzaron a llamarse tierras de chichimecas y posteriormente de “mexicas”. A estos dos grupos de indígenas les interesaba considerarse descendientes de los toltecas, o sus herederos legítimos[3], porque decir “tolteca” era tanto como hablar de gente muy hábil para el tallado de piedras preciosas, la fabricación de alfarería de alta calidad y labores muy ricas con plumas de aves del trópico. Un tolteca es elegante, buen arquitecto y vive con lujo, sencillo y refinado a la vez.

Nos dice Fray Bernardino de Sahagún, bien informado por su escogido grupo de indios que trabajaron con él en su “Historia de las cosas de la Nueva España”, que los chichimecas tomaron muchos conocimientos de los vencidos toltecas: por ejemplo, las cualidades y virtudes de las hierbas para el trabajo de los médicos herbolarios; multitud de oficios que los perfeccionaron en su manera de vivir: pintores, lapidarios, carpinteros, albañiles, encaladores, oficiales de pluma, oficiales de loza, hilanderos y tejedores.

Aprendieron de ellos el valor de las piedras preciosas y la explotación de las minas de oro y plata; el manejo de otros metales como el plomo, cobre, oropel natural y el estaño. Las joyas de oro adornadas con perlas, el tallado de las amatistas... Tantas cosas que los chichimecas recibieron de los toltecas, hasta que los últimos abandonaron la ciudad de Tula y la región donde vivieron sus antepasados. Se fueron para no volver, tan misteriosamente como habían llegado.

Algo de gran valor, que también les fue dado por los toltecas y los chichimecas comprendieron bien, fue la religión. Aprendieron que sólo hay un Dios: Señor y Creador, al que ellos fueron dando diversos nombres en náhuatl, lengua originalmente tolteca, refiriéndose siempre al mismo Ser divino. Dicho de otro modo: conocieron los principales atributos de Dios, mediante la luz de la inteligencia.

Junto con esta sabiduría les vino algo muy oriental, proveniente de China y de Corea: la idea de la “Dualidad”. Para la mente de los europeos del siglo XVI, resultó incomprensible. Se trata de explicar que los “opuestos” se unen, se integran en uno, son complementarios; por ejemplo, el día y la noche; la juventud y la vejez; el hombre y la mujer; la guerra y la paz, etc. No se excluyen como en Europa, donde se consideran contrarios.

Al tratar de religión y costumbres, decir “tolteca” es hablar de un hombre bueno y allegado a la virtud; que tenía por norma las enseñanzas de Quetzalcoatl -Serpiente emplumada-, el nombre de un dios que se esfuma en la leyenda y también el que usaron varios sacerdotes toltecas a través del tiempo.

Fueron buenos cantores y, mientras cantaban o danzaban, hacían sonar tambores y sonajas. Nadie les aventajó en la devoción a sus divinidades y en el arte de hablar.

Los chichimecas hicieron un nuevo traslado; fueron hasta las márgenes de un inmenso lago, cuyas riberas ocuparon pacíficamente por el oriente y hacia el norte. Corría para entonces el siglo XII de nuestra Era. El lago ocupaba la parte media de un amplio valle rodeado de montañas en la lejanía. Es el llamado “Valle del Anáhuac”, que se encuentra a una altura de 1200 metros sobre el nivel del mar; pero en el trópico, por lo que el clima es benigno.

Sus dominios se extendieron poco a poco por la tierra firme, y cuando los tiempos fueron propicios, debido al creciente número de habitantes y al refinamiento de sus costumbres, fundaron una ciudad, no lejos del agua, que sería luego su capital a la que llamaron Tetzcoco.

Con el correr del tiempo, vieron formarse en medio del lago, de aguas tranquilas, hacia el año de 1325[11], una miserable población asentada entre los juncos de unos pobres islotes. Eran los “mexicas” que llegaron con la determinación de quedarse.

No encontraron un lugar de asentamiento en la ribera del lago, ya estaban allí pobladores de diferentes etnias; entre ellos encontraron una solución..., se fueron al centro, a unos islotes.

Tenían una divinidad que habían creado en su imaginación y eran conscientes de esto: lo formaron para que fuera el representante del Ser que nadie puede ver –recibido en su relación con los toltecas-; era también el que ponía al alcance de su mirada la fuerza del sol en plenitud; le llamaron Huitzilopochtli -numen de la guerra- cuando llegaron con él al centro del lago, era pobre, sin una casa donde estar, malparado, llevado a cuestas por otro. Por boca de sus sacerdotes (así afirman las viejas tradiciones) les dijo: “el lugar donde se halle un águila devorando una serpiente, allí deberán quedarse para siempre”.

Y entre las cañas de un islote arenoso donde la vieron, batiendo las alas, clavando sus garras sobre un espinoso nopal, luchando contra la serpiente, ahí se quedaron. Pasados dos siglos, los isleños habían logrado construir una ciudad imponente, verdadero portento de riqueza y poderío; un imposible, hecho realidad por la voluntad indomable de sus habitantes, conocidos también como “los aztecas”.

La casa de Huitzilopochtli cuando llegaron al término de su largo viaje, fue techada con cañas de junco; ahora -cuando Juan Diego la veía desde la atalaya del Tepeyac- podía admirar una maravillosa obra de arte: la pirámide construida en su honor y embellecida a través del tiempo por sus servidores: los Grandes Gobernantes y los Sacerdotes. Este formidable ser imaginado, del cual hicieron una estatua tallada en piedra, ocupa -junto a otro numen pacífico llamado “Tláloc”- la parte más elevada del templo y tiene la ciudad a sus pies.

La guerra no había cesado nunca y los dominios mexicas se extendían de mar a mar. Son los señores de la política del Valle de Anáhuac, y la ciudad que formaron tan pobremente, es en tiempos de Juan Diego -en los albores de la conquista española-, una buena muestra de lo que se puede hacer con la riqueza unida a la inteligencia y al buen gusto.

La casa de Huitzilopochtli desde el principio fue el centro desde donde partió el trazo de la ciudad, que luego se desparramó por los cuatro puntos cardinales centrándose también en el que conocemos actualmente como “el Templo Mayor”. El lugar hacia donde se dirigen las miradas y el pensamiento de las gentes de los pueblos y ciudades que dependen de los aztecas -ya sea para bien o para mal- es la magnífica pirámide de Huitzilopochtli: el Sol en todo su esplendor del medio día.

A esta ciudad del lago le decían “la de Tenoch” -Tenochtitlan-; o bien, México. Se volvió orgullosa y fue temida por todos.

 

Ultima modificación ( 09.12.2004 )
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