Ir a Portal
Hoy es de 2005
Noticias
Inicio
Juan Pablo II - ultimos dias
Conclave 2005
¿Cómo se elige a un Papa?
Benedicto XVI - 1er año
Artículos
Fotogalerías
Condolencias
Buscar en el sitio



Sitios Especiales
Benedicto XVI
WYD 2005
Juan Pablo II Requiem
El Vaticano
XXV Años de Pontificado
Virgen de Guadalupe
San Juan Diego
Nace un Niño PDF Imprimir E-mail
San Juan Diego
Escrito por Dr. Roberto Robles Nieto   

Juan Diego nació el año 1474 en el señorío chichimeca de Cuautitlán[1], situado lejos de Tetzcoco. El y su familia se contaban entre los principales de su pueblo, por su educación y desahogada posición social.

Sus padres y parientes, esperaron su nacimiento con verdadero interés; siempre que un niño venía al mundo pasaba lo mismo, porque agradecían muy de veras el don de la vida. El nombre que más les agradaba para hablar a ese ser único, creador de todo lo que existe y al que nadie puede ver, era precisamente el de “Dador de la Vida”.

La mujer que ayudó a su madre para que él viniera al mundo, sabía bien que debía saludarlo diciéndole: “Piedra preciosa, plumaje rico” y otras frases parecidas que expresaban mucho amor por ese pequeño ser que ahora tenía en sus manos. No se trataba de una ocurrencia momentánea, sino de las ceremonias que debían realizarse desde que llegaba al mundo hasta que se entregaba al recién nacido a los brazos de su madre:

“Has venido, continuaba diciendo en voz alta, a este mundo donde tus parientes viven en trabajos y fatigas, donde hay calor, frío y viento... No sabemos si vas a vivir mucho en este mundo... no sabemos tampoco la ventura o la fortuna que te ha tocado al nacer”.

Continuaron los discursos mientras cortaba el cordón umbilical. Por ser varón le dijo: “Hijo mío, muy amado..., sábete y entiende que no es aquí tu casa, porque eres soldado (...) ésta casa donde has nacido no es sino un nido. Tu oficio es dar a beber al Sol la sangre de los enemigos y dar a comer a la tierra con los cuerpos de tus enemigos... Tu propia tierra, y tu heredad y tu padre, es la casa del Sol, en el cielo...”

Es un discurso aprendido de memoria por la partera; podía emplear otro si quería, pero el contenido seguía siendo el mismo, lo decía en tono pausado solemne, como quien recita una oración.

A su padre no le disgustó que dijeran estas palabras. Lo que le causaba alegría es que había venido un hombre al mundo: Un niño que había calmado ya su llanto y se encontraba bien arropado al lado de su madre.

Desde luego las frases que le dijeron tratan el tema de la guerra. Cuando él nació ya habían pasado los chichimecas sus peores días de enfrentamiento con otros pueblos vecinos y lejanos, pero no se les podía olvidar que debían defenderse y atacar.

Juan Diego vino a la vida en un pueblo tranquilo, Cuautitlán, que se gobernaba por si mismo y pertenecía a la federación de señoríos dependientes de Tetzcoco; esta región se dedicaba más a vivir en paz y al cultivo de la inteligencia y del espíritu; y se oía menos el acompasado sonido del Xeponaxtle y la chirimía que llamara a la guerra con el ánimo de conquistar nuevos territorios. Sin embargo, el peso de la tradición imponía que desde el primer instante el hombre fuera dedicado a la guerra. Su educación futura haría de él un buen guerrero.

Bien pudo haber nacido en Tetzcoco -capital del Territorio chichimeca-, pero podemos pensar que a su madre le llegó el tiempo de traerlo al mundo mientras se encontraba en este lugar, Cuautitlán de clima agradable y rodeado de lagos, con su marido y demás familia, en espera del feliz momento en que naciera este niño.

Apenas hacía acto de presencia con su primer llanto y ya estaba la partera diciendo que sería un guerrero... El paso del tiempo dejaría que se vieran con claridad sus propias tendencias y aficiones; también el modo como viviría su religión y el esfuerzo personal que pondría en el servicio de su patria.

Cuando la mujer, que había ayudado a la madre a dar a luz se disponía a lavarlo, comenzó las oraciones al numen del agua: -“Chalchiuhtlique”, la del color jade-: “Tened por bien, señora, que sea purificado y limpio de corazón toda su vida... lleve el agua toda la suciedad que en él está, la que le vino de su padre y de su madre, porque esta criatura se deja en vuestras manos”.

Nada, absolutamente nada, se hacía sin la relación con los diferentes “teotl” -númenes que representaban a la Naturaleza-. La “Dualidad” contenía en sí misma toda la Naturaleza y era la imagen visible del Creador de todo lo que existe. Estaban siempre en relación con el “Dador de vida” porque la religión daba sentido a su existencia en la tierra y lo abarcaba todo.

Al nacer Juan Diego se dio parte a toda la familia y al barrio; por tratarse de una persona distinguida, se comunicó el alegre acontecimiento a todo Cuautitlán. Los familiares dieron gracias solemnemente a la partera y los discursos iban y venían.

Se comparó al recién nacido miles de veces con un collar, con una joya, varias piedras preciosas, con una pluma rara. Felicitaron a la madre diciéndole bellas palabras. Tal parece que en esto de hablar no tenían límite y todos demostraban su ingenio y la preparación que tenían para expresarse correctamente. De cuando en cuando pedían disculpas por haber hablado tanto... pero seguían utilizando una tras otra las figuras poéticas que se iban viniendo a su imaginación desbordante.

La familia no se quedaba atrás y agradecía con floridas y bien aromadas expresiones lo que tan gratamente habían oído. ¡Este México, desde entonces al tiempo actual, no cambia!, y la voz amable, unida a las expresiones gentiles, se siguen oyendo.

Después de tanto regocijo, el padre del pequeño llamó al adivino -el que dominaba el uso de los calendarios- y, después de pensarlo, ceremoniosamente, comentó “el especialista del futuro” que éste niño sería afortunado porque había nacido bajo un buen signo y en un día feliz.

El adivino se las componía para que el signo fuera favorable y auguraba la mejor suerte: muy del gusto y de acuerdo a la posición social del padre de familia.

Jamás pudo imaginar ninguno de los presentes que el adivino se había quedado corto, porque “esta piedra preciosa” iba a ser un hombre muy distinguido y sus palabras no se perderían con el paso de los siglos.

Ultima modificación ( 09.12.2004 )
© 2004 Derechos Reservados
Agencia Siempre Fiel
info@mexicosiemprefiel.com