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Sus padres deseaban que viviera y lo ofrecieron al templo, para hacerlo agradable a la “Dualidad” y por lo tanto, al Ser de quien depende la existencia: el Señor del mundo.
Pensaban con anticipación a qué edad debía ingresar al Calmecac -colegio reservado para la gente de alcurnia, pero que no estaba cerrado para otros niños de menor posición social-; existía otra institución educativa muy notable y de calidad, llamada “Telpochcalli”, donde asistían los pequeños que venían de familias campesinas[1].
La criatura era feliz, como suelen ser los niños, mientras no llegan a su colegio correspondiente, donde todo era vida dura, de esfuerzo continuo, bajo la dirección estricta del profesorado que buscaba hacer recio el carácter del alumno.
Juan Diego en Cuautitlán o bien en Tetzcoco, fue un niño más; sin distinciones de ninguna clase, excepto quizá que comía mejor que otros de su misma edad.
Se divirtió con los juegos infantiles cuanto pudo, su vida fue feliz porque era muy amado y sentía la protección de ese amor que recibía de sus padres. Siguiendo las costumbres familiares, también le daba alegría el recio cariño de su tío, hermano de su padre, que con los años se llamaría Juan Bernardino.
Sus juegos fueron como los que practican los niños que viven en el campo; saltar haciendo dibujos en la tierra, procurando no tocar determinadas rayas; coleccionar semillas rojas llamadas “patoles” para poder hacer canje con otros niños; divertirse en grande con el arco y las flechas -ahora este juego es de adultos- y el aprendizaje del difícil deporte de la pelota dura que impulsaban hacia una pared con las caderas y los codos, tratando que pasara por el agujero redondo de una piedra tallada, colocada en esa pared lisa a cierta altura.
Las ocupaciones del pequeño fueron las de llevar agua a la casa, leña, acompañar a su padre o a su madre al mercado, recoger los granos del maíz esparcidos por el suelo y otras tareas tipo casero.
Fue un niño sano y fuerte; porque llegó a alcanzar una buena edad: vivió setenta y cuatro años.
Reproducido con autorización
Roberto Robles Nieto Médico por la Universidad Autónoma de México (UNAM) y Doctor en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás (Roma).
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[1] CLAVIJERO, FRANCISCO JAVIER: o.c., Libro VII, No. 5, pp. 206 y 207. Da el autor una descripción muy completa de la formación humana que se daba en estos colegios. Los llama “seminarios”, porque vivían en régimen de internado. Unos eran para niños y muchachos y otros para niñas y jovencitas. Unos para los nobles y para los que provenían de familias encumbradas y el Tepochcalli ya mencionado. La educación era austera en ambos y de allí salían para contraer matrimonio. Los hombres a los 20 ó 22 años y las doncellas a los 17 ó 18 años. |