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San Juan Diego
Escrito por Jason Hernandez   

Juan Diego y su familia tenían tierras de labor y casas en diferentes lugares.[1] Él recorría aquella región con toda libertad, porque no estaba sujeto a servir a otro.

Al ir hacia Tetzcoco, podía saborear a su gusto el paisaje donde se desenvolvió la historia de su vida: contemplaba, bordeando por el lago, la dilatada superficie azul del agua, de la cual emergía como por maravilla la Gran Tenochtitlan, con sus numerosos templos piramidales, uno por barrio -“Calpulli” en náhuatl- sin contar dos grandiosas pirámides, labradas con una arquitectura de gran belleza, donde se celebraban las ceremonias religiosas más importantes. La de mayor categoría era el alma, el corazón y la vida de la ciudad de México; tenía al frente una amplia explanada de piedra pulida donde se encontraban otros templos que desbordaban lujo.

El conjunto de estos edificios era imponente, y a la vez una buena muestra de la grandiosa imaginación y originalidad del pueblo que los había construido.

Desde la altura del Tepeyac -montecillo que está al borde del lago-, miraba Juan Diego una ciudadela sagrada rodeada por las calles y los numerosos canales que surcaban la Gran Tenochtitlan; veía también desde la cumbre de este cerro -situado al norte del Valle- los palacios y casas de México, deslumbrantes al sol, de un color blanquísimo, cargadas de flores en las terrazas, era una ciudad lacustre: se transitaba a pie firme por algunas calles, mientras que por otras era necesario utilizar una canoa.

Flores por todos lados, hasta en el lago, porque los industriosos isleños habían aprendido a vivir en grandes balsas llamadas “chinampas”[2], donde cultivaban hortalizas y diferentes flores que iban a vender a la ciudad.

Allá en la lejanía, hacia el sur, donde se acaba el valle, le atraía el color verde oscuro de los bosques de cedros y pinares -vegetación de clima frío- que pueblan las montañas, y que junto con el cielo azul, daban punto final al horizonte.

Al oriente, por donde sale el sol -contempló muchos amaneceres-, su vista se encontraba con los dos gigantescos guardianes del Valle de México: dos volcanes de cumbres siempre nevadas, el imponente Popocatepetl -Cerro que humea- con más de cinco mil metros de altura, y a su lado, como si le hiciera compañía, la bien dibujada figura de una mujer cubierta de blanco por la nieve tendida lánguidamente allá en la cumbre: El Iztaccihuatl.

Esta indumentaria venía permitida por el clima templado del Valle, que siendo tropical está muy alto y esto hace que los días sean tibios y las noches frescas la mayor parte del año. Las prendas de ropa que vestía eran suficientes para que el se sintiera sencillamente a gusto.

Al aproximarse a la ciudad de sus mayores, Tetzcoco, recordaría que a la edad de siete u ocho años, sus compañeros de juegos fueron al colegio conocido por todos como el “Tepochcalli” , la Casa de los jóvenes.


Reproducido con autorización


Roberto Robles Nieto
Médico por la Universidad Autónoma de México (UNAM) y Doctor en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás (Roma).




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[1] ALBA IXTLILXOCHITL, FERNANDO DE: “Nican Motecpana”. Traducción del Lic. D. Primo Feliciano Velásquez. Carreño e hijo, Editores, México 1926, p. 81. Cuando su tío Juan Bernardino quiso seguirle a la cabaña en que vivía Juan Diego al lado de la Ermita construida por Fray Juan de Zumárraga a la Santísima Virgen de Guadalupe, le dijo: “que convenía que se estuviera en su casa para conservar las casas y tierras que sus padres y abuelos le dejaron...” No es propio de un “macehualli” decir esto. Hay aquí una aparente contradicción entre el “Nican Motecpana” y el “Nican Mopohua”, que se soluciona con la consideración sencilla de que el indio, acomodado y dueño de tierras, las dejó por amor a Dios y a la Virgen María, tomando la condición de “un pobre labrador”: de un macehual.



[2] GARIBAY, ANGEL MARIA: “Historia de la Literatura Náhuatl”. Vid. “Glosario de voces nahuas”. Ed. Porrúa. Dos tomos. T.II, México 1971, p. 404. Viene del “chimatli”, construcción de madera y cubierta de tierra, sobre la que plantaron verdaderos jardines floridos y legumbres. Es una invención azteca, a sus moradores se les llama “chinampaneca”.

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