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Eligió dedicarse a la atención y al cultivo de sus propiedades y a la realización de actividades de tipo artesanal. El no era un “macehual”, labrador poco culto, el último de los hombres útiles en la escala social de aquel tiempo; ni tampoco era un “naborio” -término procedente de las Antillas traído por los españoles- que designa al hombre confiado por el Estado al cuidado de una familia porque es incapaz de ganarse la vida, y al que los españoles llamaron equivocadamente “esclavo”, Juan Diego era un “Tzin”[1].
“Tzin” se traduce al castellano siempre en diminutivo; pero terminar una palabra con “tzin”, puede significar dos cosas: honra y señorío, ó el afecto que se tiene a lo que se está nombrando. Por ejemplo: “nocaltzin” mi casa, o mi “casita”: la que yo quiero, donde viven mis seres amados. Decir “Noteocaltzin” es referirse a la Casa de Dios: el templo. Traducir “templito” o la “casita de Dios” sería muy simpático y aparentemente “muy indio”, pero aquí solo puede admitirse el “tzin reverencial”, es decir: lo que se nombra, cargado de un sentimiento respetuoso.
¿Cómo discernir si el “tzin” es de afecto, o indica señorío? En primer término debe considerarse el asunto de que se trata y en segundo lugar, el momento en que se utiliza.
Añadido al nombre de una persona, generalmente significa que merece respeto; cuando se habla de las cosas de Dios o se refiere a la Santísima Virgen, se añade “tzin” que implica majestad y grandeza; trae también un algo interior de los sentimientos de quien lo emplea, que se dejan ver y expresan entrega y sumisión amorosa; nunca un respeto seco y lejano. Para todo es necesario conocer un poco más la mentalidad mexicana.
Cuando alguien o algo es mirado con mucho respeto -“tzin” reverencial-; o especial afecto -“tzin” que indica benevolencia, cariño- surge en el idioma náhuatl la resistencia a decir solamente el nombre sin hacer aparecer el tan traído y llevado “tzin”. Su empleo forma parte de la educación de una persona, de su finura interior.
Cuando la Virgen habla a Juan Diego en náhuatl, le llama: “Juan Diegotzin”[2]. quiere decirle: “tú eres para mí algo entrañable y muy digno de aprecio”.
Debido a la relación que se establece entre quien habla y aquello a lo que se refiere, se produce el respeto, el afecto, o el antagonismo. En nuestros días es frecuente que al sacerdote católico se le diga: “Padrecito”. La razón es que a más de uno de este país –sí es procedencia indígena- le suene a despego decirle simplemente “Padre”, tratarlo así podría indicar, quizá, que hay rechazo.
Todo esto se trasluce además de la expresión de la cara, en el tono de voz y en la mirada.
El vocablo castellano “madre” se emplea casi exclusivamente para referirse a la Santísima Virgen: la “Madre de Dios”, quizá se deba a la enseñanza religiosa de los frailes españoles que hablaron siempre así cuando querían pronunciar su nombre. En México, la propia madre es: “mamá” o su diminutivo. Decir: -madre, tal cosa...; madre, tal otra..., aquí no se usa: suena muy áspero.
Del mismo modo, empleando un tratamiento cariñoso, el aya, la “nana”, como se le nombra en México, que viene del náhuatl “nan”: madre, al dirigirse a la señora de la casa, si la cuidó en su niñez, continúa diciéndole: “niña”.
“Tzin” sigue viviendo en el diminutivo castellano correspondiente. La Virgen es “la Virgencita”. No es niñería o mero sentimentalismo, es la relación que crea el que habla y es el “tzin” que vuelve a decir: -¡Aquí estoy!
Generalmente los universitarios no se expresan así, y el diminutivo se deja de usar en el lenguaje de la gente culta; pero él o ella, volverán a emplearlo sin darse cuenta hablando familiarmente. Vuelve “tzin” por la fuerza de la costumbre.
Hay que convenir que la delicadeza que implica la existencia del “tzin” y su uso en el náhuatl, que ha influido tanto en el castellano que se habla en México; tal parece que no ha sucedido en otros países.
El indígena de habla náhuatl es tan fino en el trato como puede serlo cualquier oriental de China o de Japón, bien educado. Raramente habla en voz alta o arrebata al otro el hilo de la conversación. Cuando alguno comete esa falta de cortesía, prefiere callarse, pero se resiente por el desprecio que ha sufrido al no ser escuchado. Si hay desavenencias, las cosas cambian, como sucede a cualquier ser humano.
Reproducido con autorización
Roberto Robles Nieto Médico por la Universidad Autónoma de México (UNAM) y Doctor en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad de Santo Tomás (Roma).
1] TZIN tiene en náhuatl dos significados: grandeza y señorío, o es un afectuoso diminutivo. Aplicado oficialmente al nombre de una persona, es señorío; dicho por su madre, es diminutivo cariñoso. Juan Diego fue considerado “tzin” en Cuauhtitlán y Tetzcoco: un hombre con sobresalientes dotes humanas y elegante señorío |